Hace dos años, en 2024, las organizaciones del sindicalismo de clase y combativo de Granada nos manifestamos bajo el lema: «Frente a sus tambores de guerra, solidaridad de clase obrera». En 2025, dijimos alto y claro que no seríamos «ni carne de cañón, ni carne de patrón ni carne de especulación›). En 2026, la guerra ya está aquí, aunque las bombas caigan aparentemente muy lejos.
La guerra golpea nuestros bolsillos: la cesta de la compra se dispara, los precios de la vivienda no paran de subir, la luz y el combustible nos ahogan, y el dinero que pagamos con nuestros salarios para costear unos servicios públicos en proceso de desmantelamiento y privatización se desvía para aumentar el gasto militar. Y todo por los lucrativos negocios de quienes masacran a otros pueblos para saquear sus recursos, expandir su capital y controlar rutas comerciales. El secretario general de la OTAN ha instado a los gobiernos europeos a privatizar las pensiones para destinar esos fondos a subir el gasto militar, mientras el Gobierno de España retrasa la edad de jubilación, Von der Leyen y Pedro Sánchez anuncian la posible creación de un ejército europeo y el Banco Central amenaza con subir los tipos de interés.
Sobre este suelo el empresariado también está librando una guerra contra la clase trabajadora. Hay una ofensiva abierta contra nuestros derechos laborales, con el objetivo de empeorar más si cabe las condiciones de trabajo y explotarnos más. Solo en lo que llevamos de año, la mortalidad en el trabajo en Andalucía se ha incrementado en un 120% respecto a 2025. En Andalucía se concentra el 17% de accidentes laborales. Las mutuas tienen cada vez mayor poder sobre la salud de las trabajadoras y los trabajadores, lo que se traduce en que las enfermedades profesionales estén infradeclaradas en Andalucía, con solo el 6% de partes de todo el estado. Además, en Granada se extiende en todos los sectores el modelo de las subcontratas, una estratagema de la patronal para dividirnos entre trabajadores/as en un mismo centro de trabajo y que tengamos diferentes salarios y convenios, que ya de por sí pisotean sin vergüenza ninguna. Mientras tanto, señalan a la clase trabajadora que viene de fuera, a la migrante, y nos dicen que son nuestros enemigos, que son ellos y no los capitalistas quienes colapsan nuestros servicios públicos y nos empobrecen, y nos dividen y enfrentan.
Pero no nos resignamos y seguiremos dando no uno, sino mil pasos al frente. Es hora de pelear por una reducción de jornada laboral real y efectiva sin reducción salarial, de manera que el trabajo se reparta y la riqueza se redistribuya. Es hora de pelear por la sanidad, la educación y el resto de servicios públicos, que cada vez son más el negocio de unos cuantos y el lujo de unos pocos. Es hora de exigir que, si sus beneficios son cada vez mayores a costa de nuestro trabajo, nuestros salarios deben crecer también. Es hora de que, frente a quienes nos llevan al matadero, la clase trabajadora nos organicemos. Este 1° de Mayo, Día Internacional de la Clase Trabajadora, salimos a la calle para gritar a la patronal y los gobiernos de España y Europa que NO PAGAREMOS SUS GUERRAS y que encontrarán de frente al sindicalismo combativo.
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